lunes 28 de septiembre de 2009

De "Nobleza y Areté". Capítulo I de la Paideia de Jaeger




El concepto de areté es usado con frecuencia por Homero, así como en los siglos posteriores, en su más amplio sentido, no sólo para designar la excelencia humana, sino también la superioridad de los no humanos, como la fuerza de los dioses o el valor y rapidez de los caballos nobles. El hombre ordinario, en cambio, no tiene areté, y si el esclavo procede acaso de una raza de alta estirpe, le quita Zeus la mitad de su areté y no es ya el mismo que era. La areté es el atributo propio de la nobleza. Los griegos consideraron siempre la destreza y la fuerza sobresaliente como el supuesto evidente de toda posición dominante. Señorío y areté se hallaban inseparablemente unidos. La raíz de la palabra es la misma que la άριστος, el superlativo de distinguido y selecto, el cual en plural era constantemente usado para designar la nobleza.
Era natural para el mundo griego que valoraba el hombre por sus aptitudes11, considerar al mundo en general desde un mismo punto de vista. En ello se funda el empleo de la palabra en el reino de las cosas no humanas, así como el enriquecimiento y la ampliación del sentido del concepto en el curso del desarrollo posterior. Pues es posible pensar distintas medidas para la valoración de la aptitud de un hombre según sea la tarea que debe cumplir. Solo alguna vez, en los últimos libros, entiende Homero por areté las cualidades morales o espirituales. En general designa, de acuerdo con la modalidad de pensamiento de los tiempos primitivos, la fuerza y la destreza de los guerreros o de los luchadores, y ante todo el valor heroico considerado no en nuestro sentido de la acción moral y separada de la fuerza, sino íntimamente unido. (21-22)


Para Homero y el mundo de la nobleza de su tiempo la negación del honor era, en cambio, la mayor tragedia humana. Los héroes se trataban entre sí con constante respeto y honra, en eso descansaba su orden social entero. La sed de honor era en ellos simplemente insaciable, sin que ello fuera una peculiaridad moral característica de los individuos. Es natural y se da por supuesto que los más grandes héroes y los príncipes más poderosos demandan un honor cada vez más alto. Nadie teme en la antigüedad reclamar el honor debido a un servicio prestado. La exigencia de recompensa es para ellos un punto de vista subalterno y en modo alguno decisivo. El elogio y la reprobación (έπαινος y ψόγος) son la fuente del honor y el deshonor. Pero el elogio y la censura fueron considerados por la ética filosófica de los tiempos posteriores como el hecho fundamental de la vida social, mediante el cual se manifiesta la existencia de una medida de valor en la comunidad de los hombres19. Es difícil, para un hombre moderno, representarse la absoluta publicidad de una conciencia entre los griegos. En verdad, entre los griegos no hay concepto alguno parecido a nuestra conciencia personal. Sin embargo, el conocimiento de aquel hecho es la presuposición indispensable para la difícil inteligencia del concepto del honor y su significación en la antigüedad. El afán de distinguirse y la aspiración al honor y a la aprobación aparecen al sentimiento cristiano como vanidad pecaminosa de la persona. Los griegos vieron en ella la aspiración de la persona a lo ideal y sobrepersonal, donde el valor empieza. En cierto modo es posible afirmar que la areté heroica se perfecciona solo con la muerte física del héroe. Se halla en el hombre mortal, es más, es el hombre mortal mismo. Pero se perpetúa en su fama, es decir, en la imagen de su areté, aún después de la muerte, tal como la acompañó y lo dirigió en la vida. Incluso los dioses reclaman su honor y se complacen en el culto que glorifica sus hechos y castigan celosamente toda violación de su honor. Los dioses de Homero son, por decirlo así, una sociedad inmortal de nobles. Y la esencia de la piedad y el culto griegos se expresan en el hecho de honrar a la divinidad. Ser piadoso significa “honrar lo divino”. Honrar a los dioses y a los hombres por causa de su areté es propio del hombre primitivo. (25-26)



Así se comprende el trágico conflicto de Aquiles en la Ilíada. Su indignación contra los griegos y su negativa a prestarles auxilio no procede de una ambición individual excesiva la grandeza de su afán de honra corresponde a la grandeza del héroe y es natural a los ojos del griego. Ofendido este héroe en su honor se conmueve en sus mismos fundamentos la alianza de los héroes aqueos contra Troya. Quien atenta a la areté ajena pierde en suma el sentido mismo de la areté. El amor a la patria, que solventaría hoy la dificultad, era ajeno a los antiguos nobles. Agamemnón solo puede apelar a su poder soberano por un acto despótico, pues aquel poder no es tampoco admitido por el sentimiento aristocrático que lo reconoce solo primus inter pares. En el sentimiento de Aquiles, ante la negación del honor que se le debe por sus hechos, semezcla también este sentimiento de opresión despótica. Pero esto no es lo primordial. La verdadera gravedad de la ofensiva es el hecho de haber denegado el honor de una areté prominente. (26)


El reconocimiento de la soberbia o de la magnanimidad como una virtud ética resulta extraño a primera vista para un hombre de nuestro tiempo. Más notable parece aún que
Aristóteles viera en ella no una virtud independiente, como las demás, sino una virtud que las presupone todas y “no es en algún modo, sino su más alto ornamento”. Solo podemos comprenderlo justamente si reconocemos que el filósofo ha asignado un lugar a la soberbia areté de la antigua ética aristocrática en su análisis de la conciencia moral. En otra ocasión23 dice, incluso, que Aquiles y Áyax son el modelo de esta cualidad. La soberbia no es, por sí misma, un valor moral. Es incluso ridícula si no se halla encuadrado por la plenitud de la areté, aquella unidad suprema de todas las excelencias, tal como lo hacen Platón y Aristóteles sin temor, al usar el concepto de kalokagathía. Pero el pensamiento ético de los grandes filósofos atenienses permanece fiel a su origen aristocrático al reconocer que la areté solo puede hallar a su verdadera perfección en las almas selectas. El reconocimiento de la grandeza de alma como la más alta expresión de la personalidad espiritual y ética se funda en Aristóteles, así como en Homero, en la dignidad de la areté. “El honor es el premio de la areté; es el tributo pagado a la destreza”. La soberbia resulta, así, la sublimación de la areté. Pero de ello, resulta también que la soberbia y la magnanimidad es lo más difícil para el hombre. (27-28)


[Aristóteles: “ Quién se sienta impregnado de la propia estimación preferirá vivir brevemente en el más alto goce que una larga existencia en indolente reposo; preferirá vivir un año sólo por un fin noble, que una larga vida por nada; preferirá cumplir una sola acción grande y magnifica, a una serie de pequeñeces insignificantes”].
En estas palabras se revela lo más peculiar y original del sentimiento de la vida de los griegos: el heroísmo. En él nos sentimos esencialmente vinculados a ellos. Son la clave para la inteligencia de la historia griega y para llegar a la comprensión psicológica de esta breve pero incomparable y magnífica aristeia. En la fórmula “apropiarse la belleza”, se halla expresado con claridad única el íntimo motivo de la areté helénica. Ello distingue, ya en los tiempos de la nobleza homérica, la heroicidad griega del simple desprecio salvaje de la muerte. Es la subordinación de lo físico a una más alta “belleza”. Mediante el trueque de esta belleza por la vida, halla el impulso natural del hombre a la propia afirmación a su cumplimiento más alto en la propia entrega. (29)


sábado 26 de septiembre de 2009

Helena de Troya


Aunque aquí no salga tan despampanante, esta es Helena de Troya. De ella dijo Marlowe en su gran Fausto:

Was this the face that launched a thousand ships, and burnt the topless towers of Ileum?


(¿Es este el rostro que lanzó al mar millares de navíos, que quemó las altas torres de Ileón?)

martes 28 de octubre de 2008

El hacedor

Nunca se había demorado en los goces de la memoria. Las impresiones resbalaban sobre él, momentáneas y vívidas; el bermellón de un alfarero, la bóveda cargada de estrellas que también eran dioses, la luna, de la que había caído un león, la lisura del mármol bajo las lentas yemas sensibles, el sabor de la carne de jabalí, que le gustaba desgarrar con dentelladas blancas y bruscas, una palabra fenicia, la sombra negra que una lanza proyecta en la arena amarilla, la cercanía del mar o de las mujeres, el pesado vino cuya aspereza mitigaba la miel, podían abarcar por entero el ámbito de su alma. Conocía el terror pero también la cólera y el coraje, y una vez fue el primero en escalar un muro enemigo. Ávido, curioso, casual, sin otra ley que la fruición y la indiferencia inmediata, anduvo por la variada tierra y miró, en una u otra margen del mar, las ciudades de los hombres y sus palacios. En los mercados populosos o al pie de una montaña de cumbre incierta, en la que bien podía haber sátiros, había escuchado complicadas historias, que recibió como recibía la realidad, sin indagar si eran verdaderas o falsas.
Gradualmente, el hermoso universo fue abandonándolo; una terca neblina le borró las líneas de la mano, la noche se despobló de estrellas, la tierra era insegura bajo sus pies. Todo se alejaba y se confundía. Cuando supo que se estaba quedando ciego, gritó; el pudor estoico no había sido aún inventado y Héctor podía huir sin desmedro. Ya no veré (sintió) ni el cielo lleno de pavor mitológico, ni esta cara que los años transformarán. Días y noches pasaron sobre esa desesperación de su carne, pero una mañana se despertó, miró (ya sin asombro) las borrosas cosas que lo rodeaban e inexplicablemente sintió, como quien reconoce una música o una voz, que ya le había ocurrido todo eso y que lo había encarado con temor, pero también con júbilo, esperanza y curiosidad. Entonces descendió a su memoria, que le pareció interminable, y logró sacar de aquel vértigo el recuerdo perdido que relució como una moneda bajo la lluvia, acaso porque nunca lo había mirado, salvo, quizá, en un sueño.
El recuerdo era así. Lo había injuriado otro muchacho y él había acudido a su padre y le había contado la historia. Éste lo dejó hablar como si no escuchara o no comprendiera y descolgó de la pared un puñal de bronce, bello y cargado de poder, que el chico había codiciado furtivamente. Ahora lo tenía en las manos y la sorpresa de la posesión anuló la injuria padecida, pero la voz del padre estaba diciendo: "Que alguien sepa que eres un hombre", y había una orden en la voz. La noche cegaba los caminos; abrazado al puñal, en el que presentía una fuerza mágica, descendió la brusca ladera que rodeaba la casa y corrió a la orilla del mar, soñándose Ayax y Perseo y poblando de heridas y de batallas la oscuridad salobre. El sabor preciso de aquel momento era lo que ahora buscaba; no le importaba lo demás: las afrentas del desafío, el torpe combate, el regreso con la hoja sangrienta.
Otro recuerdo, en el que también había una noche y una inminencia de aventura, brotó de aquél. Una mujer, la primera que le depararon los dioses, lo había esperado en la sombra de un hipogeo, y él la buscó por galerías que eran como redes de piedra y por declives que se hundían en la sombra. ¿Por qué le llegaban esas memorias y por qué le llegaban sin amargura, como una mera prefiguración del presente?
Con grave asombro comprendió. En esta noche de sus ojos mortales, a la que ahora descendía, lo aguardaban también el amor y el riesgo, Ares y Afrodita, porque ya adivinaba (porque ya lo cercaba) un rumor de gloria y de hexámetros, un rumor de hombres que defienden un templo que los dioses no salvarán y de bajeles negros que buscan por el mar una isla querida, el rumor de las Odiseas e Ilíadas que era su destino cantar y dejar resonando cóncavamente en la memoria humana. Sabemos estas cosas, pero no las que sintió al descender a la última sombra.

Autor: Jorge Luis Borges
Libro: El hacedor (1960)

Distancia entre Troya de Peterson y los mitos griegos de los que parte

Distancia entre Troya de Peterson y los mitos griegos de los que parte

Este es un pequeño resumen de algunas de las diferencias más importantes entre Troya y la tradición mítica.
Efectivamente la diferencia más importante es que no hay participación activa de los dioses. En Troya de Peterson no hay dos planos, el de los mortales y los inmortales que dialoguen o se relacionan entre sí. Tampoco hay ninguna referencia al Juramento de Tindáreo propuesto por Ulises.
Esparta, dónde está el palacio de Menelao y Helena, no es una ciudad marítima ni tiene puerto. Así que esas imágenes de Paris y Helena en esa huida de palacios no son posibles al menos dentro del mundo griego.

No están muertos, siguen la parranda:
Menelao no muere en Ilíada, es más no muere en la guerra de Troya. Volverá a Esparta.
Áyax tampoco muere en Ilíada, una locura tras la vergüenza de no haber recibido las armas de Aquiles de las que se juzgaba merecedor, lo lleva a dejarse caer sobre la espada de Héctor. La muerte de Aquiles sucede según los mitos griegos antes de que los aqueos tomen la ciudad. Se produce efectivamente por el talón, su único lugar vulnerable.
Tampoco Agamenón morirá en Ilíada ni en la guerra de Troya. Su esposa le tiene preparada una inolvidable recepción en su palacio.
Eneas:
En Troya, París no reconoce a Eneas el gran héroe de Virgilio cuando son parientes muy cercanos. Del mismo modo que no hay referencia alguna a “la espada de Troya” entre los mitos clásicos. Algunos advierten que esta mención es para hacer una posible “secuela” de Troya siguiendo (probablemente de manera también muy libre) las aventuras de este héroe troyano fundador para los romanos. Aparentemente no la harán.
Mujeres en la guerra:
Así como la omisión de los dioses es fundamental para evidenciar la distancia entre estas narraciones también el papel de las mujeres en esta épica fílmica es claramente diferente de la épica homérica. Hollywood requiere de la protagonista femenina y del amor como móvil principal junto a la codicia. Homero es otra cosa.

Acerca de Iris

Acerca de Iris
En días recientes se planteó la duda acerca del papel de Iris en Iliada. A fin de aclarar este punto les dejo las siguientes notas.
Iris es mencionada al menos cinco veces en Ilíada.
· Canto III, versos 121 al 140
· Canto VIII, versos 397 al 425
· Canto XV, versos 143 219
· Canto XVIII, versos 166 al 202
· Canto XXIV, versos 77 al 99
En todas aparece de acuerdo a su función de mensajera de los dioses, particularmente de Zeus. Sin embargo es también muy próxima a Hera y comunicará también mensajes suyos en Ilíada aún a espaldas del propio Zeus. Iris transmite fundamentalmente los mensajes de los dioses con los mortales. De Iris viene el arco iris, su velo con la luz del sol deja ese rastro de múltiples colores. Justamente ese arco es el símbolo de la comunicación entre lo divino (el cielo) y lo terreno. El arco une esos mundos normalmente separados. Se presenta tanto transfigurada como en el caso de su mensaje a Helena (Canto III) o bien en toda su forma (Aquiles, Héctor).
Iris es hermana de las Harpías y en algunas ramas mitológicas incluso como madre de Eros.

lunes 27 de octubre de 2008

Del preparador

Sólo para recordarles el correo de Ernesto Cazal que es el preparador del Departamento
ernestocazal@gmail.com
Pueden contactarlo para preparar el temario o consultas relativas a la materia.

miércoles 22 de octubre de 2008

DE LA CULTURA DE LA VERGÜENZA...

"Los dioses de la Ilíada se interesan primeramente por su propio honor. Hablar a la ligera de un dios, descuidar su culto y tratar mal a un sacerdote, todo esto, comprensiblemente, los enoja; en una cultura de vergüenza, los dioses, como los hombres, sienten prontamente un menosprecio. El perjuro cae bajo la misma rúbrica: los dioses no tienen nada en contra de la mentira declarada, pero se oponen a que se tomen sus nombres en vano. Acá y allá, sin embargo, se insinúa algo más. Los delitos contra los padres constituyen un crimen tan monstruoso que exigen un tratamiento especial: los poderes subterráneos tienen que hacerse cargo del caso. Y una vez se nos dice que Zeus se irrita con los hombres que emiten juicios torcidos. Pero esto lo considero como un reflejo de condiciones posteriores que, por una inadvertencia frecuente en Homero, se ha deslizado en un símil, porque no encuentro en el relato de la Ilíada indicación alguna de que a Zeus le interese la justicia como tal".

"Los hombres sabían que era peligroso ser felices".

"Porque en la Ilíada, el heroísmo no trae la felicidad; su única y suficiente recompensa es la fama. Sin embargo, a pesar de todo, los príncipes de Homero cabalgan atrevidamente sobre su mundo; temen a los dioses sólo como temen a sus señores humanos, y no se sienten oprimidos por el futuro ni aun cuando, como Aquiles, saben que entraña una muerte cada vez más cercana".

E. R. Dodds. Los griegos y lo irracional (capítulo II)